Por problemas técnicos con mi blog, no he podido actualizar en los últimos diez días. Mis disculpas por ello. No quiero que este imperfecto técnico me evite publicar un interesante análisis sobre el debate presidencial hecho por el profesor Alexis Iparraguirre en una entrevista que tuvo la generosidad de concederme. Asimismo, les comento que el día viernes estaré publicando un post sobre mi voto este 4 de junio.
"El debate debe evaluarse como una pelea de resistencia"
Alexis Iparraguirre, profesor por muchos años del curso de Redacción y Argumentación de la Universidad Católica, y premio Nacional PUCP de Narrativa 2004, hace un alto en sus actividades académicas para concedernos esta entrevista, donde analiza, con un enfoque distinto, el debate presidencial. (Para ver el debate presidencial haz click aquí).
¿Cómo debemos tomar la actitud de Humala al llegar - tarde - caminando al debate, de ir sin corbata y de colocar la bandera peruana en su podio? ¿Qué es lo que buscaba?
Un orador gana autoridad ante su público no solo por lo que dice sino por lo que hace con el cuerpo -con la mirada, con los gestos, con losa objetos- mientras habla. Es una suerte de emisor constante de señales porque el público lo tiene centrado en un blanco y todo lo que haga recibe obligatoriamente una valoración positiva o negativa. Y el orador lo sabe.
Esa es la lógica de toda exposición argumentativa. Humala quería dar señas de confianza e informalidad, valores que, imagino, considera no solo admirables por sus votantes sino por un número importante de votantes aún no decididos que ven en cierta manifestaciones de "frescura" un a señal positiva en el candidato.
¿Le funcionó la estrategia?
Lamentablemente el escenario no lo favorecía: lucía lozano, juvenil y espontáneo, pero el lugar del debate tenía por fondo un cuadro de talla extragrande de un monumento de la historia nacional, un instante sacralizado hasta el hartazgo por toda la educación pública y el discurso político peruano: la escena de la declaración de la independencia-en su versión original, tengo entendido. El cuadro del momento fundacional del Perú republicano concitaba sobre el espacio físico la necesidad de la mayor ceremonia, formalidad y los signos que le son propios: respeto al ceremonial, ropa formal, etc.
Si a eso sumamos las continuas señales de Álvarez Rodrich -el moderador- para destacar que nos encontrábamos ante un momento serio, trascendente e incluso grave de la coyuntura cívica -señales que transmitía con la mirada, el lenguaje y la expresión facial - podemos decir que la apuesta del candidado de UPP por la "frescura" fue un error. Pongámoslo de una manera simple y radical: fue, salvando las distancias, como ir de rojo a un entierro cuando lo necesario era vestir de negro cerrado.
Y por otro lado tenemos el problema de la banderita en el podio...
El incidente propiciado por la bandera que quiso imponer en el podio me resulta más oscuro y solo puedo especular ¿fue una performance en busca de exhibir el carácter decidido de un militar? ¿fue un exabrupto producto de la tensión de las circunstancias?.
Como fuese, el acto no se integró a ningún tipo de argumentación o postura fundamental, resultó tener un papel inútil en lo que siguió y parece que Humala supo desviar la atención por la energía expresiva que mostró al iniciar su ponencia.
Si el incidente sirvió para algo, creo que fue para probar que Álvarez Rodrich, el moderador, tenía autoridad suficiente para ejercer su papel y estaba dispuesto a ejercitarla. El moderador, por su decisión para hacer cumplir las reglas pactadas, salió del debate con una imagen de hombre recto, enérgico y respetable, logro harto difícil para un periodista en ese trance.
Alan García trató de proyectar una imagen de estadista muy parecida a la de Ricardo Lagos. Es decir, un socialdemócrata experimentado, maduro, sereno. ¿Cree usted que dicha estrategia le dio resultado?
Estoy de acuerdo con que buscó hablar como estadista, incluso renunciando, en el primer tema -gobernabilidad -, ha hablar como candidato. Si uno recuerda el debate del año del 2001 frente a Alejandro Toledo, Alan García presentó su discurso saludando a los sectores más pauperizados de la economía del país, esos que reúnen a la vez al mayor número de potenciales votantes. Los diferenció en sus labores especificas: microcomerciantes, mototaxistas, microbuseros, etc, y escogió una frase precisa de elogio para cada grupo diferenciado -los exaltó - y lanzó promesas minuciosas para mejorar la situación de pobreza y marginación de cada uno de ellos. Era obvio que estaba buscando votos y, por lo tanto, destinaba su discurso a seducir el capital electoral del que carecía y al que cualquier orador, si quiere convencer, está obligado a identificar y colocar rápidamente de su lado.
En cambio, en el debate del 2006, Alan García no orientó su presentación a ganar votos. La introducción no incluyó un compendio de promesas ni una caracterización heroica de sus votantes en prospecto. García se dedicó a definir las líneas su futuro gobierno dentro de los cauces de la moderación y el statu quo de una república liberal y democrática.
¿Por qué cambió la estrategia?
Creo que descartó esa estrategia del mismo modo que Toledo la descartó el 2001: porque quien se imagina a sí mismo como inminente presidente del país no puede exhibir el currículo de un milagrero de plazuela -prometiendo maravillas curativas y ensalmos contra la indigencia-; un "casi" presidente habla de los más altos valores de la República. Ello, ciertamente, no es útil para atraer las simpatías de los famosos votantes "achorados" a los que algunos analistas señalan como piedra basal del electorado de Ollanta Humala.
Pero también es cierto que ellos no van a votar por García así este, digamos, saque chaira y se deje barbita de cuatro días. Ignoro, de otro lado, si la imagen de presidente ad portas haya rendido frutos, pero juzgo que era la correcta por la situación y por la información que daban las encuestas en ese instante. García debió ensayarla con esmero, porque creo que él, mejor que nadie, sabe que las imágenes no se improvisan.
La mayoría de analistas concuerdan en señalar que Humala estuvo mejor que García en las dos primeras rondas. ¿A qué cree que se debe esto?
En este caso, supongo a que la mayoría de los analistas asumen el "estar bien" como concordar con la perspectiva que "imaginan" asumen los electores de los sectores D y E cuando estos contemplan el debate (los votantes que, fin de cuentas, definen una elección). En realidad, los analistas pueden no andar equivocados. Desplegar agresividad, ataques personales y burlas ad hominem concita simpatías en grupos humanos sistemáticamente marginados, aquellos para quienes la violencia y la ofensa son condiciones cotidianas y necesarias para sobrevivir en la jungla citadina o en el medio rural. Ellos pueden ver en los ademanes autoritarios de Humala una señal de lo suyo y al mismo tiempo una oportunidad única para tomar revancha contra una legalidad que siempre les ha parecido abstracta e incomprensible y devolverle a esta la violencia que ella, por omisión, desidia o abuso, les inflinge cotidianamente.
Sin embargo, hay que recordar que incluso los votantes "marginales" o más "achorados" responden del mismo modo que un votante de clase media o de estrato socioeconómico A o B a la monotonía, a la pobreza expresiva y al tono de voz que no cuente con más de dos o tres matices. Por ello, el debate entre Humala y García debe evaluarse, en cuanto se dilata durante noventa minutos, como una pelea de resistencia contra el aburrimiento de cualquier espectador humano (como se plantea cualquier discurso en general para su auditorio hipotético).
Ollanta Humala exhibió su fuerza, sus gestos característicos y su tono de voz sincopado en las dos primeras rondas, pero luego "perdió aire" no porque careciera de discurso, de temas o de vocabulario, sino porque su desempeño oratorio perdió variedad y color en lo que refiere a lo que los antiguos llamaban "actio", actuación. Movía solo las manos de arriba hacia abajo, se daba cuenta de que no podía salir de ese ademán repetitivo y se exasperaba, pero seguía haciéndolo. Su voz oscilaba, atrapada, entre la convocatoria y la arenga militar. En este punto cabe resaltar que García tenía una cara para cada frase y un timing para cada tema. Eso lo hacia más agradable de ver y escuchar, pero, como es sabido, eso no necesariamente obtiene votos.
Finalmente, ¿quién ganó el debate?
No ganó nadie en términos estrictamente argumentativos porque en lo que atañe al registro central de la argumentación -los razonamientos-estos fueron muy escasos. Los candidatos se limitaron a exponer propuestas y no a argumentarlas. En este debate no se debatió, y eso, sobre todo, porque los tiempos destinados a la réplica y a la dúplica no se emplearon para lo que debieron emplearse. Sirvieron, más bien, para dilatar la exposición inicial o intentar alguna que otra puya previsible,
Creo que ambos candidatos coincidieron en buscar exponer antes que argumentar porque previeron una audiencia más interesada en el enfrentamiento de imágenes y personalidades (y porque, hay que ser francos, en nuestro país existen pocas audiencias capaces de tolerar noventa minutos de argumentación u oradores capaces de ejercitarse en ello). Sin embargo, en lo que atañe a la exposición de la personalidad - que es periférica a la argumentación, pero no por ello menos importante y atañe a las estrategias de imagen y propaganda-, creo que no hubo novedades -todos los insultos, acusaciones y descalificaciones posibles circulaban en la prensa desde hacia semanas y constituían historias bien conocidas y consolidadas- y esto propició un empate por aburrimiento.
Pero pienso que eso convenía a los candidatos. Les convenía dejar esas historias ahí, sin añadirles un capitulo nuevo. En el manejo de sus imágenes, jugaron a no avanzar -por todo lo que pudiese descubrirse si se ahondaba en el intercambio de revelaciones sobre sus trayectorias públicas- y prefirieron, contra lo que pareció a primera vista, no echar más leña al fuego.
A esto se le puede llamar empate, pero en realidad es signo del desinterés por propuestas políticas precisas en este proceso electoral y de la conciencia que ambos candidatos tienen -tanto Humala como García- de lo frágil que resulta para sus electores el perfil moral de cada cual.